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El Cerro del Telégrafo

¿Queda alguien en nuestro municipio que no conozca de cerca el Cerro del Telégrafo? Este monte se sitúa a escasos kilómetros de Villalba y su nombre original es Cabeza Mediana, aunque al estar coronado por una torre telegráfica lo conocemos como el Cerro del Telégrafo. Hoy vamos a conocerlo desde otros ojos; desde los de nuestra vecina Laura Aparicio.

Cerro: elevación de tierra aislada y de menor altura que el monte o la montaña. Así lo define la RAE y eso ha sido  lo que he sentido las tres últimas veces que lo he subido, sola o acompañada. Es como el hermano menor, la parte menos  elevada que forma parte de la naturaleza, que se abre ante nosotros y nos deja subir hasta arriba, facilitándonos el camino para que lleguemos a la cima.

El acceso a esta elevación, la tenemos desde distintos puntos de la sierra, sin embargo, a mí eso solo me ha interesado para ubicarla, pero me daría igual si estuviera en otro lugar, porque aquí, lo importante no es de donde procede, sino a donde nos lleva.

Como decía, la he subido en estas últimas semanas varias veces, buscando las colmenas de abejas que vi en el primer ascenso y que me causaron una agradable sensación.

Seguramente, un apicultor interesado en mantener el equilibro natural del ecosistema, solicitó al Ayuntamiento o la junta Municipal de Collado Villalba poder trasladarlas ahí, aunque sinceramente, no sé muy bien cómo funciona esto, sin embargo y muy a mi pesar, las que vi, hace unos días, ya no están aquí y eso no me gustó.

Investigaré a ver por qué han desaparecido. Puede ser porque va haciendo mucho calor o quizá ya no sea temporada para que campen ahí.

El caso es que sus plazas siguen intactas; son pequeños cubos de cemento, como una especie de peanas y ahí colocan su altar. ¡Vamos! su colmena, normalmente para los ciclistas, senderistas o personas que suben tranquilamente a pie, seguramente pasen desapercibidas, pero para mí no.

Quiero hace una aclaración entre personas que suben a pie y los senderistas. Nunca había pensado en ello, hasta que observé lo que llevan los senderistas para apoyarse al caminar. A lo mejor no es exacto lo que voy a decir, sin embargo, a mí me gusta diferenciarlos así y tiene mucho que ver con el relato que os presento.

¡Esperad y veréis…!

Continúo con mi percepción de ellos. Son unos bastones que les sirven de apoyo, de impulso y probablemente les hacen sentirse más cerca de la tierra y en vez de dos puntos de apoyo tiene cuatro. Parece algo obvio, pero no lo es.

Cuando subes este cerro caminando, paseando o en bici la sensación es muy diferente,  pero de esto ya hablaré otra vez.

Lo que os quería decir es que estas colmenas que se ubican en la parte inferior del cerro, seguramente porque hace más calor que arriba, no las ves de primeras ya que  forman parte  del paisaje y tanto es así, que me costó mucho convencer a una amiga con la que subí el otro  día de que ahora no había abejas y antes si, porque jamás había reparado en ellas.

El caso es que se las han llevado y ahora permanecen sus casas vacías y en alquiler, hasta nueva temporada.

También me llamó la atención un ruido fuerte y sonoro en la parte más alta, era intermitente pero con un ritmo constante.

Hacía mucho calor y aunque iba protegida con gorra, agua y gafas no me fue fácil acceder hasta donde procedía el sonido pero algo me empujaba a seguir.

Me encontré a mitad de camino con una fuente que de lejos  parecía un enorme sofá lleno de cojines que invitaba a descansar.

 

Me acerqué como pude, pues de lo seco y resbaladizo que estaba el suelo, casi me doy de bruces con él.

Bebí de su agua fresquita y me senté por un momento a observar el paisaje.

¡Qué suerte tenemos de vivir en pleno pulmón! Me digo una y mil veces.

Observaba lo pequeña  que era con tanta dimensión y me tumbé en el sofá improvisado, el sonido del agua me acompañó y vi cómo las aves volaban de un lado a otro, cómo el  cielo azul se velaba por algunas pequeñas nubes y sentí una paz en mi interior,  que por poco olvido lo que hacía allí.

Me incorporé como pude, volví a la pista y subí unos metros más. A cada lado del camino, había poda de los pinos que flanqueaban el paso. Olía a piñas, romero,  tomillo a campo, a cortezas, a piñones… Olía a vida.

Seguí subiendo y a escasos 200 metros, divisé cinco puntos rojos, seguidos de unos cuerpos amarillos. Eran jardineros o trabajadores del Seprona, supuse. No les llegué a preguntar porque sentí un poco de miedo, al ver como un enorme  camión con una boca aun más grande, a modo de trituradora, engullía todas las ramas del camino y las expulsaba de nuevo a la montaña como si fuera su comida.

 

¿Os acordáis de la película Fargo? Cuando la protagonista se acerca a un hombre que está junto a una maquina-trituradora similar y…

Pues esa fue la sensación que tuve y no quise ascender más y desde ahí me quede observando la escena. Hice varias fotos y me volví por donde había llegado.

Varios operarios me gritaron y agitaron sus manos para  que siguiera subiendo, debieron de pensar que como estaban ahí con el camión, me daría apuro pasar, pero yo con la mano les dije adiós.

No parecían humanos, se movían de forma extraña, una mezcla entre máquinas y seres humanos y emitían unos sonidos indescifrables para mí.

Continué mi descenso y volví a pasar por la fuente. Esta vez fui yo la que me paré y le pregunté por aquellos hombres. Me respondió que no tuviera miedo, que eran personas especiales contratadas por el Ayuntamiento, pero que estaban en otra dimensión que a veces asustaban a los caminantes a su paso, pero que eran “buena gente” y que realizaban una buena labor.

Me quedé pensativa, luego se acercó una ardilla, me acarició con su cola y mimosa y juguetona corrió a mí alrededor. Me mostró un sendero nuevo, por el que bajé. Le di las gracias, me despedí de la fuente y continué.

Cuando llegué abajo, me sorprendieron unas piedras alineadas alrededor de un tronco, parecían que estaban dispuestas para recibir a una gran  familia o a un grupo de amigos. Observé la escena que unas horas antes o quizás después, ocurriría en ese preciso lugar.

Me sentí invitada y no pude mantenerme de pie. Me senté en una de las piedras, cerré los ojos y sentí el calor de todos los presentes.

Fui a ver a las abejas y me encontré con algo mejor, aprendí que nunca tienes que ir a un sitio, con una sola visión, con ninguna expectativa y que es estupendo dejarse sorprender por lo que la naturaleza te puede llegar a ofrecer.

Abre tus ojos, camina hacia arriba y siente la luz,  el viento la brisa. Toma aliento y como si te hubieran crecido alas, vuela desde lo alto del cerro, hacia arriba…

¡Del Cerro al cielo!

 

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