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En el coto de Las Suertes…

Todos sabemos y somos conscientes del inmenso entorno natural que nos rodea a los villalbinos y vecinos de la sierra… ¿Pero es habéis parado alguna vez a pensar si la naturaleza tiene algo que decirnos? El Coto de Las Suertes es uno de los parajes naturales más bonitos de nuestro municipio… Y Laura hoy nos cuenta que, además, en El Coto habitan seres mágicos… ¿Los conoces?

Llevo más de dos años viviendo en Las Suertes de Villalba y nunca como hasta ahora, había sido tan consciente de la maravillosa naturaleza que tengo a mi alrededor. Sí, me estoy refiriendo al Coto de las Suertes y por cercanía al Mirador de dicha urbanización.

Siempre que he pasado cerca de él y he recorrido sus caminos y senderos, ha sido haciendo deporte. Concretamente, corriendo. Jamás me había parado a sentir el latido del pulmón que tengo tan cerca, hasta que hace escasamente un mes, una buena amiga, vecina de la urbanización, me envió, vía WhatsApp, una fotografía.

Me quedé helada cuando la recibí. Era una gran piedra, como entrelazada, en cuyo extremo había un agujero a modo de trono, o eso fue lo que me pareció. Esa fue la primera percepción, sin embargo, segundos después, esa fotografía comenzó a transmitirme algo más.

Volví a observarla detenidamente y vi con claridad meridiana, cómo una mujer se abrazaba hacia sí misma. No me lo podía creer. Y de nuevo, volví a fijar mis ojos, con más atención si cabe que la primera vez y, según escudriñaba la foto, esa hermosa mujer permanecía plácidamente reposando en su postura, tranquila, relajada y con una serenidad que me sobrecogió.

Ahora que lo pienso, podía haberse tratado de una musa inspiradora del mismísimo Gustav Klimt.

Llamé a mi amiga enseguida para comprobar que mi imaginación no me estaba jugando una mala pasada y María, que así se llama mi compañera de fatigas, sonriendo y sin articular palabra, por el sonido que emitía su cuerpo al rozar el auricular y el compás de su respiración, comprobé que ella había sentido y visto lo mismo que yo.

Me quedé sin aliento y con el mismo silencio que hubo en la línea móvil, ella comprendió mi asombro y perplejidad, y añadió con voz suave y cariñosa:

-Cuando quieras te acompaño a ver todo lo demás que esconde nuestro “encantado Coto”-. No lo dudé ni un segundo y respondí entre fascinada y emocionada. -Ahora mismo, si tú quieres, nos podemos ir las dos juntas a pasear y saludamos a nuestra “reserva” particular y tú me presentas a los demás. –

Cámara en mano y con más curiosidad que otra cosa, comenzamos la andadura desde el portal de mi casa, rumbo al mirador, que por cierto, apenas me separan unos 200 metros de la subida al “mundo encantado” que hay en tan preciado lugar.

Y sin apenas contar hasta tres, nos encontramos con ella, la mujer abrazada que nos ofrece el hueco de sus brazos para que nos sentemos por si venimos cansadas y nos hace falta tomar aliento.

Continuamos nuestra ruta y nos topamos con la Cabeza de Perro… Le saludamos, se despereza, y con un movimiento leve de cabeza, nos indica que miremos hacia arriba.

¡No damos crédito! Porque ante nosotras se alza la cabeza de un fiel y manso perro. Con su mirada perdida al infinito, nos deja de nuevo sin aliento.

-María: ¿ves lo que yo veo? – Esta vez ha sido algo nuevo. – Dice mi amiga, que jamás había reparado en semejante animal, junto a la dama yacente.

Le hacemos una foto y dos y tres… Hasta que comienza a ladrar, y con el hocico nos dice que “las exclusivas”, para luego…

Le notamos molesto, y obedientes, continuamos nuestro camino. No hemos avanzado ni tres pasos, cuando un viento procedente de la montaña, casi nos tira al suelo. Acobardadas, nos sujetamos la una a la otra, para no caer. Hemos entrado en territorio ajeno. Sorprendidas y a la vez asustadas, nos damos de bruces con unos enormes elefantes que, levantando las tropas al compás, nos piden alimento

– Pero ¿qué es lo que estoy viendo? – Sujeta al brazo de mi amiga, grito, para no caerme de bruces.

María me sostiene también sin resuello. Se ha quedado pasmada ante lo que tenemos delante y no hay manera de retenerlo.

Cámara en mano, hacemos lo que podemos.  Afortunadamente, antes de que saliéramos corriendo, mi amiga ha cogido varias instantáneas de aquel salvaje y bello momento.

Todavía no nos hemos repuesto del sobresalto, cuando hay algo que nos agita por dentro.

El viento nos empuja y nos tira de las solapas de nuestras chaquetas, que no nos queda otra que dejarnos llevar y vamos a parar junto a un hermoso río con un caudal, que, al mismísimo Manzanares, no le vendría nada mal.

 

Es la segunda vez que bajo hasta aquí y la frondosa vegetación, unida al sonido de las aguas a su paso, me devuelven a otro mundo, en el que quizá haya estado. Cierro los ojos, cuento hasta tres, y le digo a mi amiga que los cierre ella también.

– ¿Ves lo mismo que yo? – Le pregunto una y otra vez, inquieta por cómo ha comenzado el suelo a vibrar. -Sí, querida Laura, no te asustes. Este es el poder del río, del que alguna vez te hablé. –

– ¿Y qué hacemos ahora que todo tiembla y estoy a punto de que se me pare el corazón? – Aguanta un momento, que seguramente esta fuente, tan llena de vida, nos quiere mostrar algún otro encantado lugar. –

Y, efectivamente, apretamos fuertemente los ojos, y cuando el suelo deja de sacudirnos, aterrizamos en un sendero dibujado con piedras que nos invitan a seguir.

EL Coto de Las Suertes

Subimos sendero arriba, y una vez repuestas del susto, observamos, frente a nosotras, un enorme árbol que entre sus ramas esconde algo que no logramos descifrar.

Nos miramos fijamente a los ojos y al unísono exclamamos. – ¡Válgame Dios y todos los santos!

-Pueden ser una manada de jabalíes o una piara de cerdos. – Comenta María, casi sin voz.

-Lo que está claro, es que, de las ramas de ese enorme árbol, no se vislumbra un nido de pájaros. Ni siquiera por el tamaño, podrían ser unas avestruces perdidas tras el vuelo. – Le respondo a María antes de que, esta vez sea yo, la que pierda el vuelo.

-Son animales de cuatro patas, que descansan a su antojo sobre las frágiles y pobladas ramas.

Y yo me pregunto: – ¿Qué demonios hacen ahí? – Pues lo mismo que tú y que yo. – Responde mi amiga, entre sorprendida y cauta.

-Ya te dije que este era un lugar encantado, lleno de seres de otro mundo, que campan a sus anchas. Nos hemos atrevido a visitarles y como nuestra ilusión era tan sincera y entregada, no se han escondido, al revés, han querido mostrarse en cuerpo y alma. – Me dice María, contenta y un poco asustada.

-Pues, ¿sabes lo que te digo?: que yo me quiero quedar a vivir aquí. – Bueno: querida Laura. Eso tendremos que pregúntaselo al dueño de la morada. – ¿Y tú crees que nos dirá que sí?

 

Un tiempo después, recibimos la llamada, y de vez en cuando, subimos al mirador. Y somos tan afortunadas, que nuestro deseo se cumplió y ya formamos comunidad de esta especial y mágica flora y fauna.

Así que, si te atreves a subir, solo te digo que tengas los ojos muy abiertos y el corazón y el alma en calma. Para poder sentir lo que se vive aquí y solo depende de ti.

 

*Fotos realizadas por: Mercedes de Mata Fabre.

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