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Un día en el aula

Nuestra profesora particular nos acerca un poco más al día a día de un maestro. Su intención es hacer crecer nuestra comprensión hacia este gremio al que sólo deberíamos dar muestras de agradecimiento por cuidar de nuestro tesoro más preciado. Sin embargo, en muchos casos no somos conscientes de su verdadero esfuerzo.

Para todo aquel que en algún momento ha pensado cosas como: los funcionarios viven como reyes, los profesores tienen 3 meses de vacaciones, es el mejor trabajo que existe, ¿de donde os sacáis este día de fiesta? O mejor dicho: ¿qué hago con los niños si yo trabajo? Esta profe no hace nada en clase porque me tiro toda la tarde haciendo yo los deberes, este profe no hace nada porque no manda trabajo para casa, ¿qué clase de profe tiene mi hijo/a que no aprende a leer ni escribir?, ¿qué clase de profe tiene que le obliga a leer todos los días y a escribir con buena letra?…

En fin, para el que se pregunte qué hacemos los maestros en clase con sus hijos, que no son pocos y entiendo la preocupación, me gustaría describir un día cualquiera en el aula.

filaLa mañana empieza a las 8:50 al pie de la fila esquivando mochilas, abrochando abrigos, desenredando coletas de la cremallera, limpiando chorretones de leche o pasta de dientes, atando cordones, calmando alguna trifulca por empujones, zancadillas o llantos porque fulanito se ha colado, respondiendo al primero de la fila que siempre pregunta qué toca a primera hora y como no estás para contestar con tantos frentes abiertos le dices que es una sorpresa y todos tan contentos. Y no podemos olvidar la madre/padre/abuelo/tia que quiere asegurarse de primera mano que su niño ha traído el desayuno, las zapatillas de educación fisica, quiere informarte de algo que ya está escrito en la agenda, te trae una tonelada de zumos y galletas para que celebremos el cumpleaños antes del recreo, o te informa sobre quién vendrá a recoger al alumno por la tarde (algo que tienes que comprobar en las autorizaciones en no se que momento de la mañana).

Suena el timbre para entrar en clase, esto no ha hecho más que empezar. Por supuesto ni los empujones ni las zancadillas paran mientras colocan sus cosas en el perchero, mientras vas dando los buenos días a cada niño, preguntando por su tripita, por su fin de semana, por su perrito, por la celebración de su cumple, por la visita de los abuelos, por la agenda para ver si la firmó su madre/padre (que por supuesto se le ha olvidado)… Y todo esto sin olvidar la lluvia de agendas sobre tu cara, con notas rara vez reconfortantes sobre la indisposición de menganito, para pedir la cuarta tutoría del curso, para reclamar los juguetes que le quitaste a su hijo, para insistir sobre si has encontrado el libro/cuaderno/estuche que el niño ha perdido, recordatorios de que uno se va antes de comer, otro se va en el recreo, otro se queda a comedor, otro viene después del recreo…

¿Por dónde íbamos? Ah, sí, por los besos y abrazos de buenos días a cada uno de los 27 niños de la clase (aquí ni voy a mencionar los que dicen que antes había 40 en clase y no pasaba nada, la chapa pedagógica sobre la ratio escolar para otro día).

¡Y todos tan contentos! De verdad, no es una ironía. En unos 15 minutos estamos sentados preparados para un día de cole. Tocará asamblea, taller de emociones, biblioteca, lectura, juegos de matemáticas, trabajar la noticia de la semana, club de lectura, cine o poesía, investigación de las tablas de multiplicar, ensayar el teatro que han elaborado, estudiar las cuevas que vamos a visitar, buscar información sobre la ciudad que visitaremos, elaborar murales de la prehistoria, etc. Aquí es donde se me puede caer la baba observando, ayudando, aprendiendo con ellos y viendo cómo todo lo planeado con los compañeros y en mi segundo lugar de trabajo, mi sofá, empieza a funcionar como el mecanismo de un reloj y a dar sus frutos.

Y cometemos errores y aprendemos de ellos, y vamos solucionando sobre la marcha pequeños contratiempos sin importancia que también nos hacen aprender: el robo de un sacapuntas/goma, otra zancadilla, las risas hacia algún compañero, los plagios y copias de los trabajos, la falta de democracia en el grupo/mesa, lo injusto de la democracia en algunas ocasiones, las falsas acusaciones o rumores, la necesidad de protagonismo/atención, el miedo a contar algo, la rabieta que explota por no gestionar una emoción correctamente, conflictos escondidos de otros años o situaciones familiares complicadas, la pelea en el patio, los calcetines chorreando de saltar en los charcos, los llantos inesperados de sueño demoledor, la falta de empeño y esfuerzo por conseguir lo que se quiere, la autoexigencia desmedida. Y podría estar así hasta mañana, porque compartimos momentos y aprendemos la vida.

Todavía no hemos llegado al recreo y la sesión de sentadillas para mirarles a la cara se va notando en el cuerpo, el olor a patio hace que las sillas se hagan más incómodas si cabe y ya hace una hora que se escuchó por primera vez la pregunta ¿cuánto falta para el recreo?, así que nos vamos a desayunar. Momento aparentemente de relax, pero a los ojos de un maestro es momento de reciclar, estar alerta sobre la dieta de los alumnos, compartir desayunos, estar pendiente de los alérgicos, buscar el balón para que jueguen al fútbol, volver a atar cordones, limpiar caras, abrochar abrigos, desenredar coletas, evitar avalanchas y recordarles que disfruten del recreo.
Y  otra hora y media por delante a la que tenemos que restar el tiempo que tardamos en volver a organizarnos y resolver los problemillas del recreo. Podría hacer un estudio sobre la frecuencia con que un niño te pide ir al baño, la probabilidad de que sea justo después del recreo y la proporción de las veces que realmente lo necesita, aunque ellos ya saben que mirándoles a los ojos puedo adivinar si simplemente quieren dar una vuelta y despejarse o es una emergencia.

También mirándoles a los ojos se puede adivinar si necesitan un abrazo, una norma clara, un modelo para imitar o no necesitan nada, más que concentrarse en lo que están haciendo sin que nadie les diga cómo.

Sin darnos cuenta se hace la hora de irnos a casa, de despedirnos para un nuevo día. Bueno nosotros nos quedamos una horita más para que parezca que tenemos reuniones, llamamos a padres, revisamos trabajos, cuadernos, calendarios, recogemos la clase, preparamos el papel higiénico, hablamos con los diferentes profesionales implicados con nuestros niños, etc. Porque lo del trabajo con el ordenador ya lo dejamos para el sofá de casa por las tardes.

Se les conoce tanto y se les quiere tanto que no me explico cómo eso no se valora, no se valora nada. Y en estos tiempos si no se puede pedir ni el valor ni el reconocimiento de todo nuestro trabajo lo que sí me atrevo a pedir es sensatez.

No somos un buzón de quejas. Si necesitáis días sin cole gratuitos, si necesitáis una mayor conciliación familiar, si necesitáis alternativas de ocio asequibles, si necesitáis información y una mejor organización escolar, mayor participación en la comunidad educativa, mejores resultados académicos o cualquier necesidad que se os ocurra, no somos la vía para canalizar todo eso, la administración está más dispuesta a escuchar vuestras quejas que las nuestras.

Nosotros estamos muy ocupados en enseñar, cuidar y querer a lo más bonito y valioso que nos habéis entregado: vuestros hijos.

Gracias por vuestra comprensión.

 

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