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Villalbantaño: Todos a una…

Hoy os traemos un nuevo episodio de Villalbantaño que llega de la mano de Don Enrique G. de Herreros con sus “Historias de aquí”… historias de Villalba que nos acercan un poco más a nuestro origen, a nuestra propia cultura. En esta ocasión nos trae una historia llena de lecciones sobre cómo los villalbinos, unidos, no fueron vencidos… 

Muchos villalbinos solemos hablar de nuestra localidad como de un pueblo, al margen de su nominal capitalidad serrana. No nos importa que tengamos sesenta y cinco mil vecinos, como pueblo nos vemos, puesto que lo fuimos cuando más o menos todos nos conocíamos, no hace tanto tiempo como para que muchos no lo recordemos. Lamentablemente para bastantes de nuestros vecinos hace tiempo que perdimos las cualidades que ennoblecen la palabra “vecino”.

Hoy les voy a recordar una historia real de Collado Villalba, de cuando éramos un pueblo a todos los efectos y, lo que es más importante, como un pueblo, como una comunidad unida y solidaria, nos comportábamos. Hace poco más de un siglo de entonces, y cedo ahora la palabra a una de las fuerzas vivas de Collado Villalba en aquellos años.

Nuestro párroco de la iglesia de Ntra. Sra. del Enebral estaba preocupado. “Lo que nos hubiésemos ahorrado si me hubiera comido la lengua”, pensaba D. Casimiro, mientras contemplaba el paisaje desde su lugar preferido para meditar con su breviario, si el tiempo acompañaba. Desde allí, sentado sobre unas peñas (que los vecinos insistían en llamar la peña del cura) a un kilometro del pueblo por la carretera de la estación, podía contemplar todas las moles del Guadarrama desde Peñalara hasta Abantos mientras el sol se ponía.

Debajo se extendía la dehesa, y algunos hotelitos desperdigados cerca de la carretera de Madrid. De vez en cuando pasaban junto a él rebaños de ovejas por la Colada del Cachical que partiendo del Cordel de Valladolid iban camino del vecino pueblo de Moralzarzal. Y muy de tarde en tarde nuestro párroco observaba distraído el pasar del tren cantero del Berrocal llevando granito al ferrocarril o regresando de vacío por en medio de la dehesa con su lento caminar.

Y allí el padre Sanz recordaba su muy meditada y temerosa visita de hacía tres años a su ilustrísimo monseñor Cos y Macho (obispo de Madrid en aquel año) para abogar por la suerte del causante de sus actuales desvelos, el maestro titular de los niños, un bisoño educador de misa diaria e ideas muy conservadoras. De resultas de la visita del Padre Casimiro a su eminencia, el expediente incoado por el Ministerio de Fomento fue archivado  por orden directa del ministro conservador, D. Rafael Gasset, y todo quedó en un traslado del maestro a Zarzuela de la Cebolla, pueblo segoviano de similar importancia (entonces), unos 900 habitantes (ahora tiene 450). Y de aquella recomendación vienen los motivos del arrepentimiento del antiguo párroco de Nuestra Sra. del Enebral.

Todo aquel desvelo había comenzado poco después del desastre de las Colonias y la pérdida de Cuba y Filipinas, durante el curso 1898/99. Por aquel entonces D. Escolástico (que tan providencial nombre llevaba el citado maestro titular) ocupó su plaza en la Escuela de Chicos de Collado Villalba, donde impartía los cuatro años de enseñanza primaria de acuerdo con la ley Moyano.

Sus métodos de castigo, en los que en principio nuestro presbítero no reparó, resultaban algo exagerados según se fue enterando por las quejas de las madres. No solo recurría a la habitual vara de fresno o a la escolar regla para que la letra “entrara”  en las cabezas de sus alumnos de seis a diez años, también recurría a otros castigos como tenerles durante horas de rodillas con rocas de granito en las manos extendidas, o meterles la cabeza en un saco y colocarlos cabeza abajo. Castigos que tenían repercusiones en la salud de los pequeños alumnos, según testimonio del médico titular.

Poco a poco los padres empezaron a indignarse ante la actitud del maestro Sr. Encobet. Tras discutir con el mismo, se juntaron y decidieron recurrir, a través del secretario municipal, al alcalde D. Luis Martincorena. Y éste, tras consultar con su colega el Dr. Enrique Quejido, resolvió elevar un escrito de queja al Sr Gobernador (D. Santiago de Liniers y Gallo-Alcántara , conde de Liniers) .

Mientras tanto los padres decidieron no enviar a sus hijos a la escuela. Y así con los padres actuando como un bloque unido y solidario, durante bastantes meses, D. Escolástico cumplía su horario, en el edificio de chicos de la escuela S. Antonio, en la más absoluta soledad. Finalmente se enviaron inspectores, se mantuvieron entrevistas, se elevó expediente, y entonces nuestro párroco con su intervención y la mano de su ilustrísima logró que todo quedara en un traslado. Finalmente los padres respiraron tranquilos y los niños villalbinos volvieron a la escuela con nuevo maestro interino, D. José Nava.

Pero, casi tres años después, todo volvía a estropearse. Debido a los habituales cabildeos que son una desgraciada costumbre de nuestra administración, el día 9 de junio de 1.902 una Real Orden había repuesto a D. Escolástico en su plaza para el próximo curso 1902/03.  Al conocerlo, durante las pasadas fiestas del Patrón,  los vecinos se amotinaron y el actual alcalde, D. Francisco Vacas, se negó a darle posesión y así se lo hizo saber al Sr. Gobernador (D. Antonio Barroso y Castillo). No obstante la respuesta de la superioridad (verdes las han segado) fue tan tajante que D. Francisco no ha tenido más remedio que aceptar el nombramiento el pasado viernes 4 de julio.

Y entonces los villalbinos y villalbinas estallaron cual un nuevo Fuenteovejuna. Se produjo un auténtico intento de linchamiento que obligó al Sr. Encobet a encerrarse en su casa (en las cercanías de la plaza de los cuatro caños). Los villalbinos salieron a las calles protestando y organizando un motín popular que sólo pudo ser controlado por la intervención de un escuadrón de caballería de la guardia civil, que se tuvo que trasladar desde S. Lorenzo del Escorial para apoyar a los efectivos del puesto local. Para que se hagan una idea, hablamos de aproximadamente un centenar de guardias civiles a caballo…

¿Imaginan cómo estarían los villalbinos de indignados para precisar tal cantidad de efectivos para mantener el orden? Desde luego el maltrato a niños tan pequeños era una razón bastante potente, pero… ¡Éramos un pueblo de armas tomar por aquel entonces!

Una vez restablecida la calma, la práctica totalidad de los cabezas de familia, unas ciento cincuenta firmas para este pueblo de 937 habitantes, se pusieron de acuerdo y dirigieron un escrito encabezado por el Sr. Vacas, el Dr. Quejido (médico titular), D. Bautista García (juez de paz) y el farmacéutico D. Benito Balbuena, al Sr. Gobernador y al Sr. Ministroexpresándoles su preocupación y malestar por el nuevo nombramiento.

Y en todo ello pensaba preocupado nuestro cura párroco…

Gracias al cielo, los desvelos de nuestro párroco tuvieron un final feliz, y el Ministro de Educación (el Conde de Romanones) removió de su puesto antes de comenzar el curso al maestro D. Escolástico, y lo envió a Almagro (donde se jubilaría), nombrando el 14 de agosto a  D. Manuel Cebrián y Milano en su lugar, quien gustaba de otro métodos pedagógicos menos traumáticos.

Y los villalbinos demostramos que algunas veces la unión y la solidaridad de un pueblo obtienen recompensa. Rara vez, es cierto, pero ocurre.

¡Ah! Aunque no lo parezca, lo aquí descrito se corresponde a un hecho real publicado en la prensa madrileña el 8 de julio de 1902, y posteriores indagaciones complementarias.

Hasta la próxima, amigos…

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