Manchester Frente al Mar

Primero, antes de todo, reconocer mi desconocimiento en lo que respecta a este dramaturgo a pesar de ser esta su segunda película (“Margaret” es la primera). Aclarado este punto me permito ponerles en situación: acudimos al cine Edmundo Neva, un amigo y yo con cierta pereza propia de las expectativas generadas antes del visionado de un drama, pero como todas las grandes películas sin excepción (a estas alturas todos sabemos que el éxito del film depende en un cincuenta por ciento de las expectativas creadas), su devenir superó con creces nuestros mejores presagios.

Entre sus muchas cualidades destacaré brevemente una esencial por su relación directa con el desarrollo de los dramas, y es que dosificar la información de manera magistral hace que la historia se siga siempre con sumo interés. Pero si algo nos quedó claro, es que esta Navidad en casa de los Affleck, el protagonista absoluto será Casey.

“Manchester Frente al Mar”, además del título que nos ocupa, se trata de un pueblo costero del noreste de los EEUU, con sus típicos paisajes invernales (muy apropiados por otra parte), dónde tienen lugar los acontecimientos que afectan a Lee Chandler (Casey Affleck, ganador del Oscar al mejor actor protagonista), un tipo muerto en vida a causa de una terrible tragedia familiar, que trabaja como portero en un edificio de viviendas ubicado en un barrio marginal del extra radio de una gran ciudad, el cuál abandona previa llamada telefónica para hacerse cargo de su sobrino.

La narración, a cargo de “Kenneth Lonergan” (desde hoy una voz autorizada para el drama americano), transcurre en estructura de flashbacks de la cual, vaya por delante, un servidor no es muy partidario, y sin embargo he aquí uno de sus aciertos ya que los recuerdos, intercalados de manera seca y directa perdiendo su artificio y su impostura, ya que su razón de ser no es tanto la voluntad de recordar, sino qué más bien los recuerdos son los que asaltan al bueno de Casey / al pobre de Lee, respondiendo a su vez a un proceso psicológico en la evolución del espectador (no del protagonista) reconocible por todos: el duelo.

Si a todo esto añadimos una puesta en escena desprovista de todo melodrama, gracias a un humor negro costumbrista y cotidiano que acentúa la hipocresía de nuestra civilización occidental frente a la muerte, y personificado en la figura de Lee a través de un extraño triunfo de lo estoico a pesar de enfrentarse a una de las experiencias más duras a las que se puede enfrentar un ser humano, dan como resultado, junto a otros aspectos como la fotografía o la planificación formal, todos siempre al servicio de la historia sin ningún tipo de estridencia que los haga resaltar (quizá esto les moleste a las pretensiones autorales de alguno pero es que hay dramas como este en particular que no deberían prestarse a ningún tipo de vanidades sin importar si lo has vivido o no), un ejercicio perfecto en tanto en cuánto respecta a una regla de oro: FONDO Y FORMA (de aquí en adelante este concepto pasa a formar parte de nuestras herramientas a la hora de valorar las películas).

Finalmente salimos del cine los tres valientes convencidos de haber asistido a una experiencia vital, y mientras volvemos a la cruda realidad mirando el mundo de forma diferente, más sencilla, dando importancia a las cosas que de verdad la tienen aunque sea solo por un momento, acabamos por estar extrañamente de acuerdo en nuestras sensaciones. Para terminar les diré que estamos ante una de las imprescindibles de este año (y lo sé porque me ha sido casi imposible reírme con este análisis querido lector), e intentaré sintetizarlo en una breve recomendación, recurrente en el futuro para con otros análisis fílmicos.

RECOMENDADA PARA TODOS AQUELLOS QUE RECONOCEN EN LA MAGIA Y EL PODER DEL CINE LA CAPACIDAD DE ENFRENTARNOS A NUESTROS MIEDOS Y TEMORES MÁS PROFUNDOS.

Reciba este cordial balazo (Ben Affleck) de…

El Hombre sin Nombre.

 

 

 

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